La escritura interrumpida

Escribo mientras espero el colectivo. No es un buen lugar para escribir, pero tampoco hay otro. Me concentro en darle forma a una escena mínima: un personaje que camina sin apuro mira alrededor y recuerda, como si el tiempo no importara. Yo, en cambio, miro la hora y ruego que el micro llegue a tiempo.

Una señora se acerca y me pregunta si el 22 la deja en el centro. Le digo que sí, interrumpiendo una frase que ya venía frágil. Calculo cuánto falta para que pase el colectivo. Solo un par de minutos. Demasiado poco para volver a entrar en la escena que estaba escribiendo. El personaje sigue caminando. Yo, mientra tanto, espero.

En mi cabeza, una lista: lo que me falta corregir, el mensaje que todavía no contesté, la clase que tengo que dar más tarde, lo que debo comprar en el chino. Pienso en todo eso mientras escribo, o escribo mientras pienso en todo eso, no estoy segura. La sensación es conocida. Escribir con una parte de mi ser y atender el mundo con la otra.

De repente aparece una idea. Llega clara, limpia, como si hubiera estado esperando agazapada. Tendría que anotarla, pero no llego. el colectivo se asoma en la esquina y la idea se vuelve más frágil. Dejo el cuaderno apoyado en banco, busco la SUBE. El cierre del bolso se traba, no corre, insiste en quedarse donde está. El micro frena. Dejo pasar a las demás personas mientras forcejeo con la billetera, con el bolso, con la frase que ya se está yendo. Meto el cuaderno en el bolso, no vaya a serque me lo olvide. Por fin encuentro la tarjeta. Yo subo. La idea se queda flotando en el aire.

No hay ningún asiento libre. Viajo parada, con el bolso adelante, cuidando el celular y los bolsillos. En la siguiente parada hay un colegio, es el horario de salida y el micro se llena de adolescentes. Mochilas grandes, voces altas, risas, empujones. El aire cambia. Hay olor a desodorante dulce, a transpiración temprana, a encierro. Le pido al chico que está sentado frente a mí si puede abrir la ventanilla mientras sigo pensando en la frase que se me había ocurrido entes de subir. Intento reconstruirla como se reconstruye un sueño. Sé que era buena, que cerraba perfecto, que por un momento había ordenado el texto. Ahora se me escapa. Vuelve en partes, deformada, irreconocible. Me aferro a eso que queda, aunque ya no sea lo mismo.

Escribo casi siempre así: en tránsito, a medias, con el cuerpo ocupado en otra cosa. Durante mucho tiempo pensé que escribir requería de una mente despejada, tiempo disponible, silencio, concentración sostenida. Hoy sé que, al menos para mí, no funciona de esa manera. La escritura no espera a que todo esté en orden. Aparece cuando puede y se va cuando quiere. Aceptar esta forma de escribir fue, más que un aprendizaje, una cuestión práctica. Dejar de pelearme con las interrupciones, entender que no son un obstáculo sino el territorio mismo donde el texto vive. Escribir no a pesar de la vida, sino en medio de ella.
Ya llegamos al centro y en la parada de calle Independencia sube otra horda de gente. Sigo sin poder sentarme, pero al menos me pude ubicar un poco más cerca de la puerta. Un vendedor ofrece medias y chocolates. Y entonces, vuelve a aparecer. Sí, es similar a la idea anterior, pero no es exactamente la misma. Llega mejorada, más clara, como si hubiera madurado en el trayecto. No puedo perderla otra vez, necesito el cuaderno. Está en el bolso, apretado contra mi cuerpo. No puedo sacarlo, tengo que sostenerme del caño para no caerme. Pero tampoco puedo dejar que esa frase se escape. Miro para todos lados, y con un movimieto rápido saco el celular. Me mando un audio por WhatsApp, hablándole a nadie, diciendo en voz baja una frase que no quiero olvidar. La gente mira sin entender. Yo sonrío, con alivio.

Alejandra Dabel nació en Mar del Plata en 1983. Se formó como docente y ha dedicado gran parte de su vida a la escritura, la enseñanza y la creación y dirección de espectáculos de teatro y danza. Autora del libro de cuentos “La máquina de hacer feliz” (Ed. Caburé, 2025), un compendio de personajes que buscan la felicidad pero muchas veces chocan con la dura realidad. Coordina talleres de escritura creativa en bibliotecas populares y ha realizado colaboraciones para el diario La Capital, de Mar del Plata.

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