Ese lugar en que el idioma nos hermana

“Cuánto tuvieron que sufrir nuestras abuelas”, comenta una persona que no conozco en el booktrailer de mi novela Guaranga. No lo hace en castellano. Lo hace en yopará, esa tercera lengua que se forma entre el guaraní y el español.

Y así, el sonido de este idioma nos hermana. Aunque no nos conozcamos, no hay demasiado que explicarnos. Somos parte de una generación de nietos que intenta proteger la lengua que quisieron arrebatarle a nuestros abuelos y abuelas: el guaraní. Y no somos solo nosotros dos. Somos un montón de guarangos.

“Guarango/a”: esa palabra que brotó desde nuestro territorio para herir —y que aún se usa de modo peyorativo— tiene un origen no tan conocido. Nace como insulto al hablante de guaraní, como desprecio a la oralidad de nuestras familias del litoral argentino y de Paraguay. “Guarango/a”, para la RAE, es “incivil, maleducado, sin gracia”. Sí: “maéna anga hetaiterei la osufri va’ekue la ñande jaryikuéra”, comenta esta persona que no conozco, pero cuyas palabras nos acercan.

En Guaranga, mi búsqueda fue revelar esta lógica colonial del término y, al mismo tiempo, mostrar una reapropiación invirtiendo su signo. Allí donde siempre hubo ofensa —y un silenciamiento de nuestras mujeres—, ubicar una reivindicación: que ser guaranga ahora pueda significar asumirse parte de un linaje femenino indócil, convertir al yo en un nosotras y, así, volver a decir(nos). Trabajar con la memoria y la resistencia lingüística, pero también corporal.

La protagonista de este libro tiene cáncer de mama, una enfermedad asociada a la herencia familiar femenina. El diagnóstico se lo da una doctora de Misiones, en Buenos Aires, que tiene el mismo acento guaraní de su abuela: —“Cháke!”, comienza, asustándola. E inmediatamente, la memoria traduce: —“¡Cuidado!, saluda al oído un recuerdo”. Ese vocablo y su pasaje abren un umbral. Inician un ritual cotidiano hacia su cirugía. El camino de supervivencia del cuerpo queda acompasado al de la lengua y la cosmología guaraní criolla de las mujeres de su familia que, desde su reconstrucción, vuelven para cuidarla.

Las palabras en guaraní se cuelan en la narración: en las voces de sus ancestras y también en el aprendizaje de la propia protagonista, a través de rezos, cantos, poesías, prosa. Mientras escribía este libro entendí que esta historia no podía contarse sin ellas; que ninguna de las historias de nuestras familias existe sin su lengua, sin su tono. Por eso, contra toda ofensa, intenté recuperar la de la mía con orgullo, desde la escritura. Así, esta novela ensaya una pregunta para nosotros, para quienes tal vez no nos conocemos en persona, pero nuestras palabras nos hermanan —los guarangos y las guarangas—:

“¿acaso el idioma en que aprendí el amor puede hacerme irrespetuosa?”.

Paz Solís Durigo es música y escritora. También es licenciada y profesora en Letras e investigadora del concepto de Buen Vivir en la poesía guaraní indígena contemporánea. Codirige la revista digital La Lechiguana y coconduce el programa de radio Segundo Plan (FM del Cerro, Yacanto, Córdoba). Es autora del libro de canciones en guaraní y español Contra todos los males (Avagata, 2023) y de la novela Guaranga (Caburé Libros, 2025). Próximamente saldrá su novela infanto-juvenil Los gatos de la abuela Queché (Boris Ediciones).

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